Polaroids de mi

Instantaneas, sin demasiado vuelo

14.2.06

12.feb.1999

Yo cargaba con 21 agostos y ella, mi hermana menor, con 17.
C. salía por ese entonces con Gastón, un compañerito de colegio con el que se escribían proto-poemas bastante graciosos. Se ganaba sus primeros pesos en un MC Donalds clonado de otros, en un shopping calcado de otros más..

Yo, en plena ebullición. Llevaba apenas unos meses de trabajar en “el banco”, mi primer-gran trabajo serio.
Estaba enroscada hasta la medula con pantalones, un compañero de trabajo que se había lanzado al amor conmigo apenas unos meses atrás; para luego volver arrepentido y pollerudo a los brazos (y a otras partes) de su novia de siempre. Pero yo no había vuelto a mi antigua soledad. Era el comienzo de una relación tormentosa y apasionada que duraría 4 años.
Estaba en el punto mas alto de la curva anoréxica: había descubierto la (falsa) medicina homeopática y -a sabiendas que en verdad consumía anfetaminas mal rotuladas- por primera vez sentía que la imagen del espejo se correspondía con la imagen que yo tenia de mí.

Fue un viernes. Tarde noche.
Sonó el teléfono y atendí yo. Era la abuela de Gastón, incoherente, que preguntaba sin poder hilvanar una frase si sabíamos que había pasado. El accidente. Gastón. Cecilia.
Enloquecí.

Llame a la comisaría del barrio, donde amablemente me informaron. Si, hubo un accidente. Si, el chico iba en bicicleta. Si, lamentablemente falleció en el acto.
IBA SOLO??? POR DIOS, OFICIAL, IBA SOLO???

Si, iba solo.

Colgué. Fui la infeliz portadora de la noticia en la familia. Mama me abasteció de Alplax inmediatamente. Todos tomamos una.
Esperamos que transcurrieran los desdichados minutos hasta que C. llegó y toco timbre. Abrí.
La abrace y, para su estupor, le dije “abrí la boca, tomate esto”. Y ella lo tomo.
Fui yo la que le dije, pero no me anime a confirmarle la muerte. “Esta mal, muy mal”, mentí.

De ahí en mas, fue todo una sucesión de llamados telefónicos, el living lleno de compañeros del colegio que no paraban de llegar. Y el efecto del Alplax que me tumbó como a un caballo. Y ella que no lloraba y me decía “vos me hiciste tomar eso y yo ahora no puedo llorar, no me sale. Y yo quería llorar”.

La mañana después de la noche mas horrible de mi vida llegó y con ella mi dependencia.
Tenia la obligación de ir a buscar mi nueva dosis de anfetaminas y como estaba tan dopada por el tranquilizante, me pareció natural irme y despedirme con un “nos vemos en el velorio”. Animal.
Ahora pienso que la evasión ante el dolor toma formas impredecibles. O tan solo me estoy justificando.

Del velorio tan solo diré que yo seguía igual de dopada que entonces y lo mismo corría para mis padres.
Que ella, pobre, seguía con el efecto de la pastilla de la noche anterior. Y que me puteaba pausadamente.
Que no quiso comprar ningún ramo armado, sino que eligió unas margaritas frescas y en un gesto que quedo mortalmente grabado en mi retina, se saco la cinta que llevaba atada en el pelo y dijo “yo le voy a dar estas”.

Lo llevaron a los nichos. Varios cargaban el cajón, y yo la cargaba a ella. Ella que lloraba tranquila y sin pausa y que cada tanto, hipaba.

De regreso, dejé en casa la cáscara de mujer-puedelotodo y huí. Y esta vez lloraba yo, con prisa y sin pausa, mientras esperaba en un banco de la plaza que pantalones viniera por mí.
Vino. Me consoló. Me tuvo a upa y secó mis lagrimas. Me hizo pensar en otra cosa, desvió mi atención.
Me relajé. Tanto, que esa misma noche termine en un hotel con él, revolcándome para no pensar, enroscándome para olvidar. No lo logré, y esa vez lloré mas de culpa que de pena.

Luego pasaron muchos febreros en los que nadie quiso tocar demasiado el tema. Incluso, hasta olvide la fecha exacta del accidente. Hasta este domingo, en que mi hermana del alma, la pequeña, la que yo cargue en mis brazos, me dijo: “hoy se cumplen 7 años de la muerte de Gastón. Voy al cementerio”.

Y de repente el recuerdo se hizo carne. Y no pude parar hasta llegar a este punto final. Ahora esta escrito.
Recuerdo, eres libre. Por favor
, ahora vete...

7.2.06

Lectura

A veces cuando la miraba, la sentia abatirse ligeramente, como si le hubieran dado un puñetazo entre los omoplatos. Una mueca de dolor que enseguida reprimia deformaba sus hermosos rasgos; la belleza de su rostro delicado y sensible era de las que resisten el tiempo; pero su cuerpo, a pesar de la natacion, a pesar de la danza clasica, empezaba a mostrar las primeras señales de la edad; señales que, como ella sabia demasiado bien, no harian mas que agravarse rapidamente hasta la degradacion total.
Conocia la mirada que ella tenia despues: la mirada humilde y triste del animal enfermo, que se aparta unos pasos de la manada, que apoya la cabeza en las patas y suspira suavemente, porque se siente herido y sabe que no puede esperar de sus congeneres la menor piedad.

[...]

Hubo cosas peores, claro, y ese ideal de belleza plastica al que ella no podia acceder iba a destruirla ante mis ojos.
Al principio fueron sus pechos, que ella ya no podia soportar (y es verdad que empezaban a estar un poco caidos); luego sus nalgas, que siguieron el mismo proceso.
Hubo que apagar la luz cada vez con mas frecuencia; y luego desaparecio la sexualidad misma.
Ella ya no conseguia soportarse; por lo tanto, ya no soportaba el amor, que le parecia falso.
Sin embargo a mi todavia me excitaba, bueno, un poquito, al principio; eso tambien desaparecio, y a partir de ese momento ya no hubo mas que decir.

[...]

De "La posibilidad de una isla", de Michel Houellebecq

1.2.06

Pantalones

Mario se llamaba el psicologo. Era simpatico y le gustaba porque entraba en la categoria de gente que ella consideraba respetable.
A el le contaba su dificultad para superar el episodio con "pantalones" (porque no merece que lo llamemos por su nombre, Mario..). De como no podia pensar en otra cosa cuando sabía que el estaba ahi, de cuantas cosas habia inventado para superar su apego y de como habia vuelto a caer cada vez.
El sexo en esa relacion enferma era como una plasticola que todo lo pega y que -por burda que sea- pega bien.

Un dia se cansó, y como ya habia descartado la idea del suicidio; optó por otra huida mas terrenal y menos arriesgada. "Me voy a europa, Mario" "me voy a gastar todos mis ahorros, no me importa nada ni nadie. Tengo un itinerario hilvanado, pero en realidad lo que quiero es irme, abandonar todo."

Y Mario la despachó. Y dio por finalizado el tratamiento.
Ella sumó ese abandono a los otros y siguió su ruta.

Un par de años despues, L se encontro con Mario en la galeria Güemes...
"pero que bien se te ve! como te fue en europa? como estas?"
"bien, fantastico! soy otra mujer.."

"estas en pareja?"
"si"

"con pantalones, no?"
"si".

"ahora entiendo"

Pero ella no entendió. O no quizo entender.