Yo cargaba con 21 agostos y ella, mi hermana menor, con 17.
C. salía por ese entonces con Gastón, un compañerito de colegio con el que se escribían proto-poemas bastante graciosos. Se ganaba sus primeros pesos en un MC Donalds clonado de otros, en un shopping calcado de otros más..
Yo, en plena ebullición. Llevaba apenas unos meses de trabajar en “el banco”, mi primer-gran trabajo serio.
Estaba enroscada hasta la medula con pantalones, un compañero de trabajo que se había lanzado al amor conmigo apenas unos meses atrás; para luego volver arrepentido y pollerudo a los brazos (y a otras partes) de su novia de siempre. Pero yo no había vuelto a mi antigua soledad. Era el comienzo de una relación tormentosa y apasionada que duraría 4 años.
Estaba en el punto mas alto de la curva anoréxica: había descubierto la (falsa) medicina homeopática y -a sabiendas que en verdad consumía anfetaminas mal rotuladas- por primera vez sentía que la imagen del espejo se correspondía con la imagen que yo tenia de mí.
Fue un viernes. Tarde noche.
Sonó el teléfono y atendí yo. Era la abuela de Gastón, incoherente, que preguntaba sin poder hilvanar una frase si sabíamos que había pasado. El accidente. Gastón. Cecilia.
Enloquecí.
Llame a la comisaría del barrio, donde amablemente me informaron. Si, hubo un accidente. Si, el chico iba en bicicleta. Si, lamentablemente falleció en el acto.
IBA SOLO??? POR DIOS, OFICIAL, IBA SOLO???
Si, iba solo.
Colgué. Fui la infeliz portadora de la noticia en la familia. Mama me abasteció de Alplax inmediatamente. Todos tomamos una.
Esperamos que transcurrieran los desdichados minutos hasta que C. llegó y toco timbre. Abrí.
La abrace y, para su estupor, le dije “abrí la boca, tomate esto”. Y ella lo tomo.
Fui yo la que le dije, pero no me anime a confirmarle la muerte. “Esta mal, muy mal”, mentí.
De ahí en mas, fue todo una sucesión de llamados telefónicos, el living lleno de compañeros del colegio que no paraban de llegar. Y el efecto del Alplax que me tumbó como a un caballo. Y ella que no lloraba y me decía “vos me hiciste tomar eso y yo ahora no puedo llorar, no me sale. Y yo quería llorar”.
La mañana después de la noche mas horrible de mi vida llegó y con ella mi dependencia.
Tenia la obligación de ir a buscar mi nueva dosis de anfetaminas y como estaba tan dopada por el tranquilizante, me pareció natural irme y despedirme con un “nos vemos en el velorio”. Animal.
Ahora pienso que la evasión ante el dolor toma formas impredecibles. O tan solo me estoy justificando.
Del velorio tan solo diré que yo seguía igual de dopada que entonces y lo mismo corría para mis padres.
Que ella, pobre, seguía con el efecto de la pastilla de la noche anterior. Y que me puteaba pausadamente.
Que no quiso comprar ningún ramo armado, sino que eligió unas margaritas frescas y en un gesto que quedo mortalmente grabado en mi retina, se saco la cinta que llevaba atada en el pelo y dijo “yo le voy a dar estas”.
Lo llevaron a los nichos. Varios cargaban el cajón, y yo la cargaba a ella. Ella que lloraba tranquila y sin pausa y que cada tanto, hipaba.
De regreso, dejé en casa la cáscara de mujer-puedelotodo y huí. Y esta vez lloraba yo, con prisa y sin pausa, mientras esperaba en un banco de la plaza que pantalones viniera por mí.
Vino. Me consoló. Me tuvo a upa y secó mis lagrimas. Me hizo pensar en otra cosa, desvió mi atención.
Me relajé. Tanto, que esa misma noche termine en un hotel con él, revolcándome para no pensar, enroscándome para olvidar. No lo logré, y esa vez lloré mas de culpa que de pena.
Luego pasaron muchos febreros en los que nadie quiso tocar demasiado el tema. Incluso, hasta olvide la fecha exacta del accidente. Hasta este domingo, en que mi hermana del alma, la pequeña, la que yo cargue en mis brazos, me dijo: “hoy se cumplen 7 años de la muerte de Gastón. Voy al cementerio”.
Y de repente el recuerdo se hizo carne. Y no pude parar hasta llegar a este punto final. Ahora esta escrito.
Recuerdo, eres libre. Por favor, ahora vete...